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Ingenios nucleares de destrucción masiva

 

Los submarinos nucleares pueden provocar consecuencias terribles en el ser humano y también en el ecosistema marino. Por eso es incomprensible que Rusia se haya negado a desclasificar documentos sobre accidentes en submarinos nucleares soviéticos, después de la petición de una organización ecologista, amparada en el secreto de Estado. La radioactividad no conoce fronteras, puede tardar en desaparecer cientos de años afectando a varias generaciones y es difícil de detectar si no es con complejos medidores. Como ha sucedido después del desastre de la central nuclear de Chernóbil en 1986, en el que las labores de limpieza no han bastado. Buena parte de las tierras agrícolas permanecen contaminadas y los efectos de la radiación permanecen, sobre todo en los niños.

La población está amenazada por el hecho de que la energía nuclear se libere por accidente. Estos submarinos son un peligro a causa del ingenio nuclear que les sirve de propulsión, ya que el riesgo de fugas radioactivas es alto. La propulsión nuclear ofrece como ventaja una gran autonomía. El Nautilus , primer submarino de este tipo, navegó desde 1954 a 1957 antes de cargar combustible. Pero a la vez es causa del aumento de la fatiga de los marinos encargados de la seguridad del viaje.

Ha habido numerosos accidentes, cientos de ellos protagonizados por submarinos de Estados Unidos, más de 10 colisiones entre submarinos estadounidenses, rusos, franceses, británicos y chinos, y varias pérdidas de reactores durante la inmersión.

El mayor riesgo se da en las zonas próximas a la población, donde los submarinos acuden con carta blanca. A veces permanecen allí más de quince años. Las actividades de repostaje y vaciado de combustible del reactor suponen un gran peligro ya que, en el 25% de las 50 operaciones que se llevan a cabo, los operadores se exponen a la radiación. Además, los submarinos de primera generación cuentan con una tecnología obsoleta, que incumple las exigencias de seguridad actuales.

La costa que baña el Mar de Barents es un polvorín. Hay cinco lugares con submarinos nucleares rusos de la era soviética a la espera del desguace. Rusia es responsable de lo que pueda pasar respecto a la seguridad de las operaciones que llevan a cabo. Pero por la falta de equipamiento y de personal, razón de las pérdidas de al menos 28.000 metros cúbicos entre residuos radioactivos sólidos y líquidos, ha recibido fondos sobre todo de países nórdicos.

Mientras que las centrales nucleares amenazan la vida de millones de seres humanos, en el caso de los submarinos ese peligro es incalculable porque recorren con libertad los océanos del planeta sin perjuicio de recalar en cualquier puerto cuando tienen problemas. Ambos suponen graves retos para la sociedad, consecuencia de la apuesta por una energía alternativa a la de los combustibles fósiles no renovables, pero con un gran coste humano. De ahí, la necesidad de proseguir con la innovación en el terreno de las energías renovables y sostenibles. Si bien la industria nuclear en Norteamérica y Europea Occidental es decadente, se ha optado por buscar nuevos espacios en Europa del Este y Asia. Así, en aquellas regiones se adquiere energía a bajo precio de países en peligro ante una posible catástrofe.

Sin embargo, en la política internacional se presta más atención a las armas nucleares convencionales cuando sólo se han utilizado contra la población en dos ocasiones. Los efectos devastadores en Hiroshima y Nagasaki bastaron para que se haya cuestionado durante medio siglo la posesión de este tipo de armamento. A la vez que China, Rusia y los Estados Unidos incumplen sus obligaciones internacionales de desarme, Corea del Norte o Irán está en el punto de mira por sus experimentos con material nuclear. Todo ello conforma un panorama contradictorio en el que EE.UU controla los arsenales nucleares con desigual fuerza y por motivos estratégicos, al tiempo que desde las Naciones Unidas se ignora el carácter de estos ingenios nucleares como armas de destrucción masiva.

 

Jorge Planelló

Periodista

ccs@solidarios.org.es