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  Cacerías de lujo en Africa: un polémico negocio

Marta Caravantes
Centro de Colaboraciones Solidarias. España, julio del 2001.

A lo largo del siglo XIX y principios del XX, legendarios cazadores europeos atravesaban África en destartalados ferrocarriles que cruzaban las inmensas distancias y agrestes paisajes de un continente por explorar. La aventura llamaba al corazón de colonos occidentales que veían en África el placer de lo desconocido. La caza se convirtió en una actividad apasionante recreada hasta la actualidad por el cine y la literatura. Numerosos cazadores escribieron hermosos libros sobre sus expediciones. Muchos han quedado inmortalizados junto a la idealización de sus nombres. Es el caso de William Cornwallis Harris, Gordon Cummings o el épico Frederick Selous cuya leyenda inspiró la figura de Allan Quatermain, conocido protagonista de la novela Las minas del Rey Salomón.

En la actualidad, las agencias de viajes alimentan la imagen de aquellos cazadores para ofrecer safaris a todo lujo. Aquella autenticidad del pasado se ha visto transformada en un espectáculo. Ya no se trata de intrépidos y temerarios cazadores, ni de aventureros, ni de nombres solemnes envueltos en la idealización de un tiempo evocado por el romanticismo. Ahora, ejecutivos y empresarios, políticos y estrellas del espectáculo son los cazadores posmodernos que, con las comodidades de los países del norte, se adentran en países 'incivilizados' donde aún tiene lugar lo imprevisible.

Animales enlatados

Las agencias de viajes saben que la aventura nunca debe estar reñida con la comodidad; para ello, se habilitan campamentos privados exclusivos en plena selva, con todas las ventajas de un hotel cinco estrellas con cocineros, meseros y asistentes personales. "Se incluye pensión completa con bebidas alcohólicas, primera preparación de trofeos, lavado y planchado de ropa diario, recogida y traslado al aeropuerto, expediciones junto a cazador profesional, tramitación de la Licencia de Caza y tramitación vuelo intercontinental", reza una de las ofertas de una agencia de viajes. En numerosas ocasiones, la caza se realiza en recintos cerrados con animales enlatados, es decir, animales atrapados, muchos de ellos criados en cautividad, que se colocan delante del punto de mira de los cazadores en campos vallados con ninguna posibilidad de escapar. Los cazadores expertos consideran a estos otros cazadores de élite económica "matarifes" cuyo único objetivo es colgar trofeos en la pared de su casa, pero que se olvidan de lo que debe distinguir a un cazador: el respeto y la vida en contacto con la naturaleza.

Los precios varían según las comodidades y el número de animales abatidos. Una licencia de caza para tres semanas en Tanzania cuesta alrededor de 135.000 dólares, lo que autoriza a cazadores extranjeros a matar un ejemplar de elefante, hipopótamo, jirafa, cebra, león y leopardo, así como búfalos y varios antílopes y gacelas. Los cazadores deben añadir a estos gastos de licencia, el costo del viaje, el avión, el hospedaje, el pago al taxidermista y el envío de los trofeos. Precisamente la taxidermia es una de las actividades fundamentales que ofrecen las agencias, ya que los potentados cazadores disfrutan colocando sus trofeos (cabezas de leones, venados, cebras, etc.) en las paredes de sus casas como prueba de la hazaña. Muchos de ellos, a través de páginas web, exponen además sus fotos con los animales abatidos como muestra de su gesta heroica.

Una de las organizaciones baluarte de este tipo de caza es el Safari Club International (SCI), formada por 45.000 miembros y autodefinida como "una fraternidad de cazadores éticos dedicada a la protección de la caza, la conservación de la vida salvaje y la educación social." Entre sus miembros destacan importantes políticos, empresarios y estrellas del espectáculo. Su potencial de presión a los países africanos está fuera de toda duda y a través de carísimos abogados y estrategias políticas combate las acciones de los ecologistas. Uno de sus ilustres miembros, George Bush, llegó a mandar una carta hace un par de meses al gobierno de Botswana alentándole a que anulara la prohibición de la caza de leones que este país había decretado debido a las matanzas desproporcionadas de leones machos maduros, cuyas largas melenas hacen las delicias de los cazadores que buscan el trofeo ideal que llevarse a su casa. En Botswana el número de leones ha decrecido en dos terceras partes debido a la caza controlada.

El Safari Club tiene también una fundación benéfica cuyas actividades más destacadas son: posibilitar la caza a personas discapacitadas, rehabilitar a los heridos de guerra y la asistencia alimentaria y sanitaria en África y América Latina. Algunas de las donaciones de sus miembros son espectaculares y evidencian el carácter elitista de la organización. Por ejemplo, en 1997, un socio particular del SCI donó un avión MD-87 para transportar ayuda sanitaria.

Aunque la primera premisa ética de los miembros del Safari Club es "realizar una positiva contribución a la vida salvaje y los ecosistemas", muchas de sus acciones se encaminan a combatir a "los extremistas que al defender los derechos de los animales ponen en peligro la comprensión social sobre la importancia de la tradición de la caza".

Primas de matanza

Las asociaciones de cazadores y algunos gobiernos africanos afirman que la caza controlada es una actividad positiva ya que los dividendos obtenidos permiten recaudar fondos imprescindibles para la conservación de los animales salvajes y los ecosistemas. En Tanzania, uno de los paraísos de África, las autoridades aún permiten la caza de leones y elefantes, aunque en zonas muy vigiladas y a altísimos precios. Los beneficios se utilizan en la conservación de sus parques y reservas naturales. En Sudáfrica, las "primas de matanza" cobradas a los cazadores de rinocerontes entre 1968 y 1996 ascendieron a 26 millones de dólares, cantidad que le ha permitido financiar el mantenimiento de las reservas naturales y la lucha contra la caza furtiva, algo que es extremadamente costoso: puede llegar a 1.000 dólares por kilómetro cuadrado y año.

Sin embargo, otros países, como Namibia, están en contra de estas medidas. Víctimas también de la caza furtiva, han desarrollado actividades de ecoturismo para financiar las operaciones de protección a la fauna salvaje. En el ecoturismo se trabaja con las comunidades locales siempre dentro de la consigna de que finalmente los animales permiten más ganancias vivos que muertos.

La mayoría de las organizaciones ecologistas están a favor de una utilización turística no destructiva de las especies salvajes, pero en contra cuando se incluye la matanza de animales. El Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) ha dejado claro que sólo apoya el negocio de las especies salvajes cuando se realiza de forma organizada y redunda en beneficio de las comunidades locales y de la protección de los propios animales. "Una explotación sostenible de la fauna salvaje exige una buena gestión. Ahora bien, en muchos países, los recursos o la experiencia necesarios son inexistentes", afirma Gordon Sheppard del WWF.

La polémica sobre los beneficios de la caza controlada seguirá abierta al menos hasta que los países africanos, cuyo crecimiento económico no alcanza siquiera para la vida digna de su población, no logren otra fuente de recursos para la protección de su patrimonio natural. Mientras, cazadores europeos y estadounidenses seguirán mirando al sur en busca de una aventura prohibida en su mundo, y soñarán que son legendarios cazadores desde su posición privilegiada de aire acondicionado y adrenalina de marketing sofisticado.