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  Calentamiento global y responsabilidad de EEUU

María Cristina Rosas
Página Uno, suplemento de Unomásuno. México, mayo del 2001.

En enero pasado, un grupo de científicos confirmó lo que todos los defensores del medio ambiente saben: que la temperatura de la atmósfera terrestre podría elevarse en seis grados centígrados hacia el año 2100, incremento sin precedente en los pasados 10 mil años. Si bien todos sospechaban que la temperatura del planeta aumentaría, los datos recién revelados ubican el calentamiento global para este siglo en dos grados por encima de las predicciones originales. Así las cosas, el nivel del mar aumentaría 88 centímetros para el 2100, con lo que millones de personas en países en desarrollo como China, Bangladesh y Egipto quedarían sin hogar.

El informe confirma que la década de los 90 fue la más calurosa en los últimos mil años, dado que las temperaturas se elevaron 0.6 grados centígrados, en promedio, en el pasado siglo, aumentando las inundaciones y las sequías. Asimismo, el estudio señala que los niveles de dióxido de carbono se elevaron en 31 por ciento desde la revolución industrial, atribuible, sobre todo, al empleo de combustibles fósiles.

A continuación, el peor de los escenarios, de mantenerse las prácticas productivas e industriales imperantes sin cambio: las zonas costeras se inundarán y habrá grandes cambios demográficos. La industria que gira en torno al esquí en Europa llegará a su fin, en tanto desaparecerán gran parte de los glaciares del mundo, con resultados catastróficos sobre la agricultura. Baste mencionar que en diversos países africanos, la estación de cultivo de granos se acortaría como consecuencia del cambio climático, debido al exceso de calor y a la ausencia de humedad, en tanto en la Europa mediterránea la zona estaría excesivamente seca como para cultivar cereales. Asimismo, gran parte de los bosques del planeta perecerían ante los cambios en el abastecimiento de agua y el calor creciente.

Pese a la seriedad del estudio de referencia, dado a conocer justo en el mismo momento en que George W. Bush era investido como el cuadragésimo tercer presidente de Estados Unidos, el flamante mandatario lo minimizó y sólo alcanzó a decir que no estaba convencido de que el cambio climático estuviera ocurriendo en realidad (sic).

Ese comentario probó ser cabalístico, dado que a finales de marzo, la administración Bush decidió no ratificar el Protocolo de Kioto sobre calentamiento global, pese a las fuertes críticas que esa decisión arrancó a gran parte de la comunidad internacional. Bush argumentó que la decisión era tomada debido a que las actuales tendencias económicas y energéticas no son compatibles con las soluciones de largo plazo que fueron planteadas en Kioto. En otras palabras: la inmediatez se impone y como de costumbre, el costo ambiental no es ponderado en los cálculos sobre el modelo económico imperante. Asimismo, el presidente Bush señaló que lo primero son los intereses de los estadunidenses. Sin embargo, grupos estadunidenses defensores del medio ambiente se preguntan si sus preocupaciones son genuinamente ponderadas por la actual administración republicana.

Evidentemente, el Protocolo de Kioto es ambicioso. Plantea cortar la emisión de gases responsables del llamado efecto invernadero entre 5 y 7 por ciento por debajo de los niveles imperantes en 1990 para el año 2012, pese a que las emisiones siguen incrementándose año con año en las naciones industrializadas, especialmente en Japón y Estados Unidos. De hecho, la pasada ronda de negociaciones para la implantación del protocolo fracasó debido a las diferencias de opinión entre Washington y la Unión Europea, específicamente en torno al crédito que merecen unos y otros en la reducción de emisiones contaminantes a través del manejo de la agricultura y la silvicultura. Para minimizar el colapso de las negociaciones, los delegados estadunidenses señalaron que si hubiese habido más tiempo, podría haberse llegado a un arreglo.

La verdad de las cosas es que Bush y el Senado estadunidense desean un acuerdo internacional que comprometa por igual tanto a las naciones industrializadas como a los países en desarrollo respecto a las metas estipuladas en torno a las emisiones de gases contaminantes. Como es comprensible, los países en desarrollo temen que un arreglo de este tipo los condene a mantener bajos niveles de industrialización y a ensanchar la brecha norte-sur.

Lo irónico del caso es que el Protocolo de Kioto concretó años de negociaciones internacionales de buena fe en torno a la instrumentación de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático de 1992, firmada por el entonces presidente de Estados Unidos, George Bush padre y ratificada por el Senado estadunidense. Dicho tratado compromete a Washington a realizar un trabajo conjunto con el resto del mundo a fin de disminuir las emisiones de gases que generan el efecto invernadero e invita a las naciones industrializadas a encabezar los esfuerzos en esa dirección.

Estados Unidos es el mayor emisor de gases generadores del efecto invernadero, situación que entraña una gran responsabilidad y que naturalmente demanda acciones concretas. Si bien de enero a marzo Bush modificó un poco su discurso de incredulidad por uno en el que reconoce la seriedad del problema, dejando en claro que trabajaría con otras naciones en su solución, lo cierto es que el no a Kioto tiene un efecto perverso sobre las corporaciones, muchas de las cuales, desde la óptica posibilitista, intentan maximizar beneficios y, presuntamente, minimizar costos, aun cuando ello incremente el daño ambiental. Asimismo, la postura estadunidense da un mal ejemplo a otras naciones industrializadas, que podrían seguir sus pasos.

Más preocupante es saber que la administración Bush carece de un plan alternativo para enfrentar el problema del calentamiento global, sin el cual, los esfuerzos hasta ahora realizados para su solución se encuentran en un punto muerto.

Y es que mientras la comunidad científica de todo el mundo ha llegado a un importante consenso en torno a los efectos del calentamiento global, los políticos y los intereses corporativos hablan otro lenguaje. De hecho, en el informe de los especialistas, dado a conocer en enero, se menciona que el empleo de combustibles fósiles será la fuerza dominante sobre el medio ambiente en los años por venir. Se insiste también en que en los pasados 420 mil años no se había llegado a producir la cantidad de dióxido de carbono que se genera hoy en día, dado que su crecimiento se produce a razón de 4 por ciento cada año.

Con estas tendencias no pasará mucho tiempo antes de que George W. Bush tenga sed y se enfrente a la escasez del vital líquido. Pero para entonces tal vez habrá cambiado de parecer para afirmar de nueva cuenta que no está convencido de que el cambio climático efectivamente está ocurriendo y destapará una Coca-Cola para alimentar los intereses corporativos.