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  Por las Grandes Praderas de Manitú
José Carlos García Fajardo*

"Habéis visto el nuevo país que os traigo. La tierra se enrollará como una manta con todas las invenciones maléficas del hombre blanco: las cercas y las vías del tren, las minas y los postes telegráficos; y debajo estará nuestra tierra india con nuestros antepasados devueltos a la vida". Entonces, el hombre sagrado les enseñó una danza nueva y un canto nuevo. Ahora, bailemos esta Danza del Espíritu por todas partes, para enrollar la tierra y hacer que regresen los muertos.

En esta tradición sioux se encierra el drama que concluiría en la masacre de Rodilla Herida, en 1890. En torno a 1879, el chamán Tavibo, de los paiutes de Nevada, profetizó un cataclismo, la resurrección de los antepasados y unas "tierras nuevas con pastos nuevos, búfalos y alces que remplazaran a la tierra vieja y gastada, profanada por el hombre blanco". Hacia 1888, el chamán Wovoka reavivó estas enseñanzas; predicó un estricto código ético y la paz con todos, y enseñaba una danza circular arrastrando los pies, en el sentido de las agujas del reloj, aprendida en una visión y que se propagó entre todos los pueblos indios que, desde antiguo, practicaban la Danza del Sol. Pero el gran pueblo sioux, con los dakota, crow, omaha, ponca, creyeron que había llegado la hora de la venganza contra quienes les habían obligado a abandonar los bosques y el cultivo del maíz antes de ser encerrados en las reservas por la codicia del hombre blanco que esquilmó las manadas de búfalos disparándoles desde los trenes, sin tener hambre. El mayor genocidio de la humanidad, sólo comparable a la trata de esclavos, se realizó en América por europeos cristianos investidos de la misión de evangelizar y civilizar a aquellos "salvajes", ignorando sus tradiciones seculares. La expropiación de sus tierras sobre las que jamás comprendieron el concepto de "propiedad privada", pues "la tierra no pertenece al hombre sino que le hombre pertenece a la tierra", trastornó la sociedad india. Los confinaron en reservas, alcoholizándolos e introduciéndolos en drogas que jamás habían utilizado sino en ceremonias rituales dirigidas por hombres santos.

Hasta los pacíficos indios hopi, que se consideran los habitantes originales de América, lloran la plaga de los blancos. Danzan con máscaras que representan a los kachinas, espíritus de los antepasados, para acelerar la liberación de todos los indios Pueblo.

También los navajos, el pueblo más numeroso, padecieron la masacre dirigida por Kit Carson, después de haberlos encarcelado como animales, reducir sus tierras y sacrificar sus rebaños de ovejas. La cosmología de los navajos es una de las más ricas, así como la de los iroqueses. La religión es para mantener la vida en espera de ir a cazar en las praderas sin fin que Manitú guarda para sus pueblos. Desde el siglo XIX, los navajos son grandes consumidores de peyote para favorecer el renacimiento religioso sin el esfuerzo de las ceremonias tradicionales y la búsqueda de la visión. La familia lingüística algonquina, que incluye arapajoe, pies negros, cheyenne, delawere y ojibwa, participan del concepto religioso clave de manitú, lo misterioso, lo sobrenatural. Creen en un Dios supremo, Kitshi Manitú, que es columna del universo. (Bajo él están el Sol y la Luna, la Madre Tierra y los señores de los animales, La Gran Liebre es el culto a un héroe, creador y benigno; su gemelo el Lobo, representa a las fuerzas más oscuras.)

Los indios Pueblo, (que habitan Arizona y Nuevo México), son pacíficos cultivadores del maíz que, en 1680, fueron aplastados por los españoles en nombre de la civilización y del dios de paz que les llevaban. Tienen un complejo ritual y hermosas tradiciones relacionadas con la agricultura, la fijación exacta de los solsticios y las dramáticas danzas con máscaras de los antepasados para representar la primavera y el invierno.
Danza del sol

Los pueblos indios de las Praderas celebran una ceremonia para señalar la renovación de la naturaleza. Representa la recreación del mundo, el paso de la muerte a la vida; las danzas y los cantos permiten a la tribu restaurar la armonía con la tierra que da sustento y con el Gran Manitú para tener alimentos y buena salud. También era ocasión para iniciar a los jóvenes en los "ritos de paso" de la pubertad a la juventud y poder asumir sus responsabilidades de adultos y de esposos.

Era un rito de acción de gracias y de renovación pero se desarrolló como fuente perfección espiritual para los capaces de sacrificio. Como medio de iniciación se construye una casa como modelo del universo que funciona. En el centro está un gran poste (el eje del mundo, el árbol enraizado en la tierra y que nos comunica con el cielo). Su piso es la tierra; sus cuatro paredes aluden a los cuatro puntos cardinales; su techumbre es la bóveda celeste. La alegoría del "sendero blanco", símbolo del paso por la vida, se plasma en el trazo marcado sobre el piso para indicar el camino de la vida que sigue el hombre hasta la puerta del Oeste donde todo termina, para favorecer el viaje de las almas hacia el mundo de los espíritus.

Los participantes se someten a una purificación estricta en la "casa del sudor", ayunan, se pintan con rico simbolismo y se adornan con plumas que facilitarán el vuelo astral cuando entren en trance. Se proclama la muerte y la resurrección: sed atroz, mirar fijamente al sol, cantos graves y profundos. El sonido del tambor impulsa, la participación de la comunidad respalda.
La danza entre los indios es equivalente a las plegarias y al culto en otras religiones.

La Casa del sudor era el medio de purificación que se llevaba cabo en una estructura cerrada con piedras calientes sobre las que se derramaba agua fría: los cuatro elementos de tierra, aire, fuego y agua actúan para prepararse a las grandes ceremonias de iniciación o de renovación. Así como para penetrar en la "tienda de la agitación" o en la "búsqueda de la visión" o para fumar la pipa de la paz.

La búsqueda de la visión era una Institución muy extendida entre los algonquinos, los pueblo y otros. Se trata de poner a prueba a un joven, después de haberse purificado en la casa del sudor, el fumar sagrado y la oración intensa, la ordalía, el ayuno y la sed; además de un retiro en la montaña para enfrentarse a la soledad y al terror. A cambio, recibiría una visión de su espíritu guardián, a menudo en forma de animal; se le otorgarían poderes especiales y los códigos y tabúes que necesitará para curar, para defender o conducir al pueblo. Los chamanes asistían al neófito hacia su iluminación. Cuando decayó la cultura del guerrero, decayó la búsqueda de la visión por los medios tradicionales y se introdujo el uso del peyote que procede de las tierras al sur de Río Grande, patria del mescal y de los hongos divinos. En todos los pueblos indios floreció la medicina que practicaban los chamanes.

Las pipas y materiales de fumar utilizados en el culto americano se designaban calumet. Fumar como medio de oración y de comunión se deriva de la pipa que aspira el chamán para estimular la visión extática. Los modelos indígenas de comprensión se reflejan en las historias de la pipa arquetípica. La más conocida es la de los sioux oglala que narra el regalo de la pipa por la Mujer Búfalo Blanca. Es bellísima. La pipa representa a la tierra, la vegetación, animales y pájaros. Orar con la pipa significa orar con y por todos. La custodian los indios en Dakota del sur y jamás es mostrada; como tampoco lo es la pipa plana de los arapajoes. Se ofrece el humo a los seres celestes, a la tierra y a los cuatro puntos cardinales para recuperar la armonía de la naturaleza y con ella la salud y el sosiego.

"¡Qué hermoso día para morir!" -exclama el guerrero indio ante un amanecer hermoso-. "¡Y poder cabalgar y cazar en las grandes praderas de Manitú!".