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  Magia y Hechiceros
José Carlos García Fajardo*

Tabú es una voz polinesia que significa sagrado y que fue incorporado al inglés por el capitán Cook, quién lo recogió en las islas Tonga. Constituye un tipo de magia negativa, en la que se cree que si se realizan determinadas acciones o se tocan ciertos objetos sucederán desgracias al infractor del tabú. Siempre es de origen religioso la razón de declarar tabú una acción o un objeto. Objetos relacionados con la divinidad como estatuas, amuletos, templos, utensilios sagrados del culto o las personas que guardan relación con ellos, como el rey o los sacerdotes. También son tabú aquellas acciones que pueden provocar la pérdida del mana, o fuerza mágica que protege a la comunidad, así el asesinato del rey o de un sacerdote y también la fuerza mágica personal, como caer prisionero del enemigo. Lo mismo sucedía entre los bárbaros, para desesperación de los romanos que confiaban en los pactos suscritos con los reyes que hacían prisioneros. Cuando los galos supieron que Vercingetórix iba encadenado por César a Roma "comprendieron" que lo había abandonado la divinidad y no se sintieron obligados por sus compromisos. O cuando a Wamba le cortaron el pelo mientras dormía; al despertar había dejado de ser rey pues el pelo corto sólo lo llevaban los siervos para distinguirlos de los hombres libres. En la Edad Media esta práctica de la tonsura pasó a los clérigos, para distinguirlos en sus andanzas aunque ellos decían que era por ser siervos de Dios.
FETICHE

El fetiche es un objeto material al que se atribuyen poderes sobrenaturales o mágicos. A veces se confunden las propiedades del fetiche con las del amuleto dando lugar, en todas las culturas, a supersticiones nacidas de la ignorancia y del miedo. El verdadero fetiche es propio sólo de aquellos pueblos de religión animista que rinden culto a un objeto material por motivos mágicos.

El nombre de fetichismo fue aplicado por los portugueses a las prácticas religiosas de los negros de Africa Occidental que ellos no entendían y que condenaron por demoníaca y propia de salvajes. De ahí a decidir conquistarlos y reducirlos a esclavitud "puesto que no tenían alma" sólo había un paso que no vacilaron en dar, movidos por un caritativo "espíritu cristiano" que les ayudó a incrementar sus riquezas una vez tranquilizada sus conciencia. Igual hicieron los demás pueblos cristianos de Europa, protestantes o católicos, durante el auge de la esclavitud sin que fueran condenados por la jerarquía hasta pasados bastantes años. Casi hasta que no los necesitaron.

El erudito francés Charles de Brosses lo difundió en Europa, en 1760, cuando publicó su obra Culto de los dioses fetiches. Disparate colosal pues nunca un fetiche fue dios, aunque representase algún atributo divino. Con este término se denominó entonces la religión de aquellos pueblos que consideraban a todos los seres naturales dotados de fuerzas anímicas que intentaban propiciarse por medio del culto. Hoy día este tipo de religión se denomina animismo y sólo un ignorante la consideraría salvaje o demoníaca. Por el contrario, con el término fetichismo se designan objetos y prácticas que han caído en el campo de la superstición. En las religiones más evolucionadas estos fetiches o amuletos se enmascaran como reliquias, medallas bendecidas, escapularios, estampas con la efigie de un muerto, velas bendecidas por un sacerdote, cruces con determinadas formas, rosarios de cuentas, aguas de tal o cual lugar en donde pretenden que se apareció un ser sobrenatural, casi siempre a algún adolescente y de muy bajo nivel cultural susceptible de padecer con facilidad el fenómeno psicológico del eidetismo.

Con frecuencia se utilizan como sinónimos los términos hechicería, brujería y magia. Y no lo son pues sus diferencias corresponden a características étnicas, antropológicas y religiosas que los conquistadores y los misioneros ignoraron o prefirieron meter en el mismo saco para condenarlos. Creían que, conjurados los nombres, se eliminaba la cosa en un alarde de la más pura hechicería.

En todos los pueblos y en todas las culturas precristianas se encuentra la práctica de la hechicería y al hechicero quien tiene por oficio velar por los intereses de la comunidad y sus componentes, defendiéndolos de las desgracias y fuerzas adversas, tanto naturales como sobrenaturales. Se apoyan en los espíritus buenos y en las fuerzas positivas para combatir la acción de sus antagonistas, a los que se designan espíritus malos. En último término, se apoyan en la misma divinidad a través del primer antepasado que da consistencia al clan y a las comunidades, que algunos llaman con ligereza tribus. El antepasado tuvo sabiduría y fuerza para constituir un pueblo o etnia que se rige por una concepción de la vida, expresada en costumbres que tienen que ver con el respeto a la naturaleza que los sustenta, a la conducta hacia la comunidad y hacia uno mismo para disfrutar de una vida saludable y feliz que se ha de transmitir a los descendientes. Esas costumbres, contrastadas y saludables, se convirtieron en tradiciones transmitidas oralmente y, más tarde, se formalizaron en normas que rigen la vida de la comunidad y le confieren sus señas de identidad. De ahí que, desde los orígenes, la práctica de la magia estuviera asociada a la medicina y de ella se originaron las ciencias. Por la observación empírica y por el empleo del poder psicológico, junto con las substancias naturales que, como "remedios", restablecían la salud o la conservaban. De ahí que supervisaran los alimentos saludables, la gestación, el alumbramiento, la protección de los niños hasta la pubertad, los ritos de iniciación para prepararlos a la dureza de la vida mediante la superación del miedo, la asunción de la soledad y una vida sexual satisfactoria, eficaz y que garantizase la transmisión de la vida; igual sucedía con los individuos heridos o enfermos, con el cuidado de los ancianos y el respeto a los ciclos de la naturaleza para obtener los mejores frutos sin agotarla; el cuidado de las fuentes y del curso de los ríos o de los oasis, de los pozos y de las minas, rodeándolos de prácticas mágicas para memorizar mejor mediante ritos los saberes transmitidos o adquiridos.

A esa sabiduría, los europeos la designaron como prácticas salvajes y propias de gentes incivilizadas y paganas, ¿de qué civilización, de qué cultura, de qué dioses?

MAGIA

Al descubrirse la escritura, que muchos pueblos siguen sin necesitar para transmitir sus saberes, el hechicero se transforma hasta convertirse propiamente en mago o en médico/sanador (guérisseur) en los antípodas del brujo que actúa sin escrúpulos éticos, se vale de la compulsión por el miedo, vive al margen de la ley y es enemigo de la auténtica religión. Uno de los cometidos principales de los hechiceros, magos o sanadores, es combatir las malas influencias e ignorancia de los brujos y arrancar a los incautos de sus garras porque la verdad hace libres y la sabiduría produce la felicidad y el sosiego. La enseñanza mágica se transmite en verdaderas escuelas y sacerdote y mago se identifican cada vez más hasta convertirse la magia en un aspecto saludable de la religión.

La magia es una técnica considerada como un arte o una ciencia que pretende obtener efectos que, aparentemente, superan a los naturales mediante la recitación de una fórmula, la realización ritual de determinados actos o la ingesta de ciertos productos. Se concitan así los poderes de la influencia sicológica, de la excitación de las fuerzas ocultas de la naturaleza y de los contrastados poderes del ayuno o de las propiedades de determinados alimentos.

Originariamente, la magia, aunque trate de operar sobre poderes ocultos, procede de la observación primitiva de que causas similares producen efectos idénticos y que la acción sobre la parte repercute sobre el todo. Puesto que para los primitivos, y aún en nuestros días en Africa nadie dice su nombre a un extranjero, es lo mismo el nombre que la cosa se considera que la palabra es capaz de producir efectos mágicos saludables. La magia tuvo una gran importancia en la antigüedad y muchas instituciones proceden de ella: la dignidad real tuvo un origen mágico y los primeros médicos fueron magos.

En Mesopotamia, caldeos y asirios poseyeron secretos de magia y adivinación sorprendentes; en Egipto, se conoció una magia lícita y otra ilícita y su impresionante conocimiento de la medicina, de la astronomía y de las demás ciencias es inseparable de la magia. Los hebreos la citan con frecuencia en la Biblia, y Moisés no hace sino magia cuando levanta en alto la serpiente de bronce; así como la circuncisión se realiza mediante ritos que dinamizan el mito de la pertenencia al pueblo elegido para afirmar una práctica higiénica. La India con sus mantras, sus ritos y el mismo yoga tiene una etiología mágica. Grecia y Roma son ricas en prácticas mágicas y en formidables ritos de iniciación en interesantísimos misterios que abordaremos en su día. El Judaísmo medieval tiene una vena mágica indudable en la cábala, la alquimia y el uso de amuletos que dieron lugar a una corriente mística. El Islam es rico en sahumerios, talismanes y amuletos, hechizos y horóscopos por la creencia en los yinn o espíritus que había que propiciar.

Como siempre, había una magia lícita o blanca y una ilícita o negra cuya calificación correspondía a los poderes constituidos para asegurar la autoridad y el mantenimiento del orden.

En cuanto al Cristianismo, es el caleidoscopio más rico y cercano que poseemos con sus persecuciones y sus ritos que proscribían unas y fomentaban o toleraban otras de plena actualidad, pero con nombres diversos. Su estudio es fascinante y abre la mente hacia perspectivas de libertad, de alegría y de mundos nuevos secuestrados durante siglos por los cancerberos del gozo de considerar la vida como un don. Que ese y no otro es el origen de la magia.

*Profesor de Pensamiento Político y Social de la Universidad Complutense de Madrid