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  Los Pueblos del Maíz
José Carlos García Fajardo*

¡Hagamos triste la alegría!, gritaron al unísono para detener las lluvias que acababan con los seres humanos.

"…Solamente había inmovilidad y silencio en la obscuridad, en la noche. Sólo el Formador, Q'uq'ukumatz, los Progenitores, estaban en el agua rodeados de claridad. Estaban ocultos bajo plumas verdes y azules, por eso se les llama Q'uq'ukumatz, de grandes sabios, de grandes pensadores es su naturaleza. De esta manera existía el cielo y también el Corazón del cielo, que éste es el nombre de Dios. Así contaban..." "...Se juntaron y celebraron consejo en la obscuridad y en la noche. De esta manera salieron a luz claramente sus decisiones y descubrieron lo que debía entrar en la carne del hombre.", cuenta el Popoh Vuh, libro sagrado de los mayas. "Así encontraron la comida y así entró el maíz por obra de los progenitores…y de este alimento proviene la fuerza y la grandeza y con él fueron creados los músculos y el vigor del hombre…"

De las grandes concepciones religiosas americanas destaca la del pueblo maya que influirá posteriormente en los toltecas y en el Imperio azteca. Éstos se ampararon en la divinidad de Quezalcóatl que "habría de regresar a su debido tiempo con sus huestes". No hacía falta más para ayudar a quitarse de encima la opresión azteca que también habían incorporado entre sus deidades la de la serpiente emplumada.

El pueblo del maíz construyó templos en la cima de pirámides escalonadas que representaban, como los zigurats sumerios, la montaña cósmica, y desarrollaron las matemáticas, la astronomía, la escritura y un saber profundo. Estaban gobernados por una casta sacerdotal sin que haya noticia de dinastías reales. La religión maya aseguraba la fertilidad que necesitaban los cultivadores del maíz y los sacerdotes; elaboraron un calendario más exacto que el gregoriano que les ayudaba a predecir el tiempo y a anunciar las fechas de la siembra o de la siega.

El universo maya era un cuadrado plano delimitado por un lagarto cuyo cuerpo está cubierto de símbolos planetarios. Su cosmogonía estaba centrada en la lucha entre los poderes superiores y los inferiores. Aquellos eran dadores de vida y aseguraban la fertilidad, por eso había que aplacarlos y contentarles por medio de los sacerdotes, que así se aseguraban el poder. Los poderes inferiores podían arruinar una cosecha, eran portadores de muerte, de sequías, de guerra y de hambre. La casta sacerdotal se encargaba de las previsiones, de almacenar el grano y de parlamentar con los vecinos si no podían someterlos y obligarlos con cargas y tributos. O esclavizarlos y matarlos si convenía para mantenerse en el poder.

La divinidad principal era Itzama, asociada al sol y al cielo que infunden su aliento a la tierra y a la humanidad que vive sobre ella. Otras divinidades importantes eran el dios de la lluvia, Chac -el dios del maíz-, el dios con cara de mono, el dios de la estrella Polar -que guía a los mercaderes- y el siniestro Cizin -dios de la muerte- que custodia las puertas del averno.

El juego de la pelota simbolizaba la lucha ritual en un campo que refleja la forma del Universo. El campo estaba situado en el área sagrada, cercana al templo. Jugaban dos equipos con una pelota de goma y empleaban las caderas y los hombros para intentar colocarla en la meta tallada en madera del equipo contrario. En el Popoh Vuh, bello y triste poema épico, se habla de los gemelos sagrados, Hunahpu y Zabalanque, ocupados en este juego contra los poderes del mundo inferior. Los jugadores representaban la lucha cósmica entre la oscuridad y la luz para mantener la fertilidad y al mismo universo. Los toltecas y los aztecas integraron este rito según su cultura. En ocasiones el juego terminaba con la muerte de uno de los equipos mientras los espectadores los contemplaban desde las gradas.

Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, es en algunos contextos el héroe de los cultivos, en otros una deidad del cielo y creador, y entre los aztecas simbolizará el poder del sumo sacerdote. Como héroe de los cultivos se le asociaba a la edad de oro de la ciudad tolteca de Tollan donde inventó el calendario, desarrolló las artes y estableció las normas religiosas y civiles. A causa de un conflicto con su hermano el dios Tezcatlipoca se marchó de Tollan, ocasionando su declive, pero con la promesa de que regresaría. Los toltecas lo identificarán con la estrella de la mañana y organizaron su culto en la impresionante Chichen Itza, donde revive con los pueblos mayas posclásicos que lo denominaban Kukulcan.

Más tarde, los aztecas lo adoptarían e intercambiarían sus características con las de su dios Huitzlopochtli, y le ofrecieron sacrificios humanos. En los monumentos mayas aparecen unos personajes importantes que reflejan ya la existencia de individuos políticamente poderosos, que disponen de medios materiales y humanos para autoglorificarse, y que desde entonces integraron una minoría privilegiada. Su poder se apoyaba en la magia y en la observación de la naturaleza. La magia se fue convirtiendo en religión, y se formaron cuerpos sacerdotales que se sostenían mediante la explotación de la población.

El hombre maya se reía desde su nacimiento hasta su muerte, preso de un mundo que sólo a través de la religión tenía significado, en el que la salud, la prosperidad y la supervivencia estarían a su alcance en la medida de su disposición a servir a los dioses a través de los sacerdotes. De ahí su sumisión a la religión.

Todo estaba sabiamente regido por deidades: el curso de los astros, la repetición de las estaciones, las fases de la lluvia en las plantas, los animales y los hombres, la sucesión de las labores agrícolas, el paso de las generaciones, el advenimiento y la desaparición de los gobernantes. Todo funcionaba gracias a los dioses y se perpetuaría mientras los hombres los sirvieran. El hombre, en si mismo, carecía de importancia. Lo más seguro era someterse a ellos a través de los sacerdotes.

La leyenda maya siempre lleva mensajes de color. El pecado original, por ejemplo, aquí no tuvo lugar. La vestal del Templo quedó embarazada al contacto de una plumita blanca que caía del cielo, pero antes posó la blancura en el seno de la Virgen Madre y quedó embarazada sin contacto del hombre terrenal. El maíz es superior a cualquier cereal como el trigo, el arroz, el sorgo, la cebada y el centeno. Los mayas consideraban que fue un regalo de los dioses a los hombres, y que cultivarlo era un deber sagrado. Tan alto era su valor que lo representaban con el jade, más valioso que el oro. Según el Popoh Vuh, el ser humano fue hecho de maíz tras el fracaso que los dioses tuvieron al probar con otros materiales.

La leyenda del maíz blanco, del maíz rojo, amarillo o negro es tan fina como la pluma del petirrojo o del faisán; para cada color tenemos su leyenda, que nos habla de héroes engalanados de colores. Cada color es un símbolo. El rojo es fecundación, pero también simboliza un punto cardinal; el Nombre se simboliza con el color blanco, el esclavo con el azul; los cuatro puntos cardinales son cuatro colores que equivalen a blanco, amarillo, rojo y negro.

El jaguar era un animal sagrado y temido por los mayas. Su piel manchada simboliza la bóveda celeste llena de estrellas. El jaguar transportaba al Sol en su seno durante sus expediciones nocturnas.

El códice es el libro maya por excelencia. La mayor parte de los códices padecieron la inclemencia de los fanáticos españoles. Se quemaron códices sin piedad, sólo veinte escaparon a la ira, y de estos sólo tres son mayas. Entre los mayas vida y muerte es un binomio en estrecha comunión. Una expresión poética se hacía con cabezas humanas. La máxima complicación estética era con cuerpos humanos.

*Profesor de Pensamiento Político y Social Universidad Complutense de Madrid