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Movimientos antiglobalización

 

Las sesiones del Foro Social Mundial son un buen momento para realizar un balance de los movimientos antiglobalización, y para hacerlo hay que saber que el vigor principal de esas redes recae en aquellas que han acabado por madurar en los países pobres.

Una percepción muy extendida sugiere que nuestros movimientos padecen un estancamiento preocupante, y también la de atribuirlo todo a los movimientos y de dibujar insorteables fronteras entre éstos y la izquierda tradicional. Los movimientos antiglobalización despiertan un impulso libertario que atrae hacia ellos a gentes que se sienten incómodas en las estructuras -partidos, sindicatos, ONG- de siempre, sería un grave error concluir que no hay puentes de comunicación entre las dos orillas. Al fin y al cabo, en muchos lugares los movimientos han nacido en el germen aportado por las ONG, sus vínculos con el sindicalismo alternativo y con lo que hasta ahora han sido el feminismo, el pacifismo y el ecologismo. La crítica que las redes han formulado tantas veces contra partidos, sindicatos y ONG no es óbice para que unas y otros se alimenten mutuamente.

Las manifestaciones contra la agresión estadounidense en Iraq configuraron un irrepetible momento de gloria para los movimientos antiglobalización, así que no sería justo comparar lo que ahora tenemos con lo que sucedió aquellos días. La comparación adecuada lo es con lo que existía. Y el resultado parece razonablemente halagüeño al amparo de la consolidación de redes activas que son conscientes de que su trabajo es a largo plazo.

Esas redes han servido de aglutinante de iniciativas diversas, hasta el punto de que han “estimulado” el reencuentro de gentes que habían seguido caminos distintos. Aunque estos movimientos han abrazado una estrategia de borrón y cuenta nueva, disfrutan de fluidos mecanismos de relación, por ejemplo, con los segmentos más lúcidos del movimiento obrero de siempre, con los que han coincidido en unas y otras batallas.

La idea de que detrás de esos movimientos no hay sino jóvenes de vida cómoda que dan rienda suelta a su mala conciencia es una interesada distorsión ya que han sido estas redes las que han hecho frente al endurecimiento planetario en las condiciones del trabajo asalariado. Pero a las innegables virtudes aglutinantes de los movimientos hay que sumar contrapartidas, como las divisiones internas que han reproducido muchas de las viejas reyertas.

Tampoco han faltado los activos en materia de sensibilización y de consolidación de discursos críticos. Aunque los movimientos no son los únicos responsables, sus imaginativas estrategias de comunicación algo tienen que ver con los valores que subrayan la deuda de Occidente con los países pobres.

Agrias discusiones han levantado los foros y las contracumbres que los movimientos han ido perfilando. El éxito mediático de unos y otras -Porto Alegre ha suscitado más simpatías que Davos en la mayoría de los medios- no está exento de contrapartidas. La principal es el riesgo de que foros y contracumbres acaben por sustituir a los propios movimientos en un magma general de turismo solidario que prima los grandes cónclaves en detrimento del trabajo de cada día. Ante un elogio desmesurado de la manifestación que cerró la contracumbre barcelonesa de marzo de 2002, un activista planteó la cuestión: “Lo que me gustaría saber es dónde están estas cuatrocientas mil personas los 364 días restantes del año”. Y es que el futuro de los movimientos no se dirime en Porto Alegre, en Bamako, en Caracas o en Karachi, sino en el día a día del trabajo, poco vistoso, desplegado en barrios y pueblos.

Es difícil evaluar la relación entre movimientos y la cuestión nacional. A ojos de muchos, una de las dimensiones más arrasadoras de la globalización es la de ser una apisonadora de culturas. Esto provoca un acercamiento entre los movimientos nacionalistas resistentes y las redes antiglobalización, aunque no parece que esos vínculos hayan ganado peso.

Al calor de las redes se ha verificado la movilización de muchos jóvenes, un fenómeno impensable hace sólo media docena de años. La impronta que esos jóvenes han conferido a muchas iniciativas revela una enorme energía pero arrastra una dramática falta de continuidad. Lo suyo es preguntarse qué nos han deparado, a quienes ya no somos jóvenes, nuestras organizaciones, tan bien estructuradas y tan constantes en sus desempeños.

 

Carlos Taibo

Profesor de Ciencia Política

Universidad Autónoma de Madrid

ccs@solidarios.org.es