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  FUTURO DEL MOVIMIENTO ANTIMUNDIALIZACION.
Primeras reflecciones para un debate.

Publicado en www.rebelion.org

Francois Chesnais, Claude Serfati, Charles-André Udry
Esquerra Unida del País Valencià

Bajo este título las revistas, organizaciones y fundaciones Actuel Marx, ATTAC, Cimade, Fundación Copérnico, Espaces Marx, Fundación Jean Jaures, Losamigos de Le Monde Diplomatique, La Liga de la "Enseñanza, el Observatorio de la Mundialización y Temoignage Chretien, reunieron entre los días 30 de noviembre y 2 de diciembre del año pasado, a más de 2000 personas. La ponencia que aquí presentamos, fue publicada en el número 3 de la revista Observatorio Social de América Latina - Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO), Buenos Aires, Enero 2001.

Introducción

¿Tiene futuro el movimiento antimundialización? Este era el titular de tapa de una revista publicada en Francia en noviembre del 2000. La respuesta a esta pregunta sólo puede ser afirmativa. Dicho movimiento ha obtenido por lo menos dos victorias de fundamental importancia: el retiro del Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI) y el fracaso en Seattle del proyecto de lanzamiento de las Negociaciones del Milenio (la Ronda del Milenio). A esto hay que agregar la campaña por la imposición de la tasa Tobin. Esta iniciativa, impulsada desde hace tres años por ATTAC, ha obtenido a ésta altura algunos resultados políticos interesantes e instructivos. Merecen que nos detengamos un instante en estos aspectos. Ningún país o gran zona económica y monetaria ha adoptado aún la tasa. Sin embargo la compaña clarificó considerablemente las cuestiones políticas y sociales y también fiscales y redistributivas.

Un número creciente de economistas y de hombres políticos, poco proclives a posturas demasiado radicales, reconocen hoy que la tasa Tobien puede implementarse y que aportaría un elemento de estabilización de las finanzas internacionales. Pero, para los "grandes tomadores de decisión mundiales" y aquellos que los apoyan, la demostración de viabilidad de la tasa poco importa. Esgrimen dos razones para rechazarla: el hecho que la adopción de la tasa y su implementación aparecerían a la vez como una concesión mayor a un vasto movimiento internacional de base - a un movimiento democrático y social que tiene un apoyo popular - y como un primer paso de un conjunto de medidas tendientes a limitar la libertad de los inversores financieros. Pero este rechazo sólo refuerza la determinación de aquellos que luchan por la tasa y por un sistema fiscal en sintonía con las características de la mundialización financiera.

Hay otras campañas impulsadas por el "movimiento antimundialización" más difíciles de llevar adelante - al menos desde el punto de vista de la explicación y de la comunicación ya sea porque se basan en cuestiones menos concretas o bien porque se despliegan en terrenos donde los defensores de la actual mundialización disponen de herramientas de defensa y de contraataque mucho más fuertes. Estas campañas se dificultan por la ausencia de claridad y de coraje político por parte de algunas organizaciones políticas y sindicales que, sin embargo, se "muestran" junto al "movimiento antimundialización". La transformación de los regímenes de jubilación y de ahorro salarial son ejemplos de esto; contrareformas neo-conservadoras que fueron y continúan siendo orquestadas por el Banco Mundial, la OCDE y la Unión Europea. Nuestras reflexiones se centran precisamente en las campañas que, por las razones expuestas, son más complejas de desarrollar que la campaña sobre la tasa Tobin. En muchos casos no queda más remedio que aceptar el terreno del enemigo para llevar adelante la lucha. Pero es preciso tener conciencia que este último dispondrá a menudo de los medios para sacar conclusiones de los fracasos circunstanciales que pudiera padecer y retomar así la ofensiva.

A través de sus acciones las diferentes asociaciones y grupos que componen el "movimiento antimundialización" crearon lo que algunos politólogos han dado en llamar "espacio público internacional alternativo". En poco tiempo éste ha despertado grandes expectativas. Estas esperanzas son, a menudo, difusas. La voluntad de "crear otro mundo", opuesto al que se nos propone por los "dueños del mundo", se expresa de forma confusa, incierta; lo cual traduce tanto el impacto del final de una fase histórica del movimiento obrero tradicional (el que nació en los año 1890 y que se debilita en los años 1980), como las derrotas y retrocesos inflingidos por el capital a los asalariados/as y a sus diferentes organizaciones a escala internacional. Las expectativas son enormes. Nos parece que la única manera de no frustrarlas es la de iniciar un debate sobre las formas de consolidar las bases teóricas de un movimiento y clarificar sus fronteras políticas.

Se trata de librar un combate de forma más regular que la que se da hoy, pudiendo cuestionar los postulados y los abordajes del discurso dominante, como así también de clarificar de qué forma "otro mundo es posible". De la misma manera se plantea, de forma urgente, la construcción de un espacio social y sindical, para el debate y la acción, que tenga una dimensión europea y mundial. Pensamos que es en base al cuerpo teórico legado de los críticos más incisivos del capitalismo (Marx y Engels) - crítica cuyo renovación es indispensable a la luz de la experiencia del siglo XX como de la evolución del capitalismo y del imperialismo contemporáneos - que el "movimiento antimundialización" debe reposar. Es en este sentido que sometemos a discusión las siguientes reflexiones. Las presentamos para lanzar el debate. A medida que otros se asocien al mismo, la formulación de preguntas e intentos de respuestas podrá evolucionar. Nuestras reflexiones se centran casi exclusivamente en las campañas antimundialistas de los países capitalistas avanzados. Avanzar en el cuestionamiento de la "mercantilización".

Fue sumamente importante el hecho de que la campaña política contra la OMC, al igual que las manifestaciones que tuvieron lugar en Seattle y en tantas otras ciudades en noviembre de 1999, hayan tenido lugar bajo la consigna de "El mundo no es una mercancía". Efectivamente, tanto la liberalización y la desregulación de las inversiones y de los intercambios como la resurgencia del fetichismo de la finanza bajo las formas más extremas, condujeron a una profundización del fetichismo inherente a la mercancía. Cuando más se amplía el espacio geopolítico sobre el cual el capital puede evolucionar libremente para aprovisionarse, producir y vender, más las empresas de diferentes tamaños y sus asalariados son puestos en competencia a distancia (y aún a partir de sitios virtuales) y más "la relación social determinada de los hombres entre ellos (reviste) la forma fantasmagórica de una relación entre cosas" (Marx, Capital, libro I, capítulo I). Durante muchas décadas el movimiento obrero, sobre todo en los viejos países industriales de Europa, Gran Bretaña, Francia, Italia, se contentó con la ilusión de que el fetichismo inherente a la mercancía y al dinero estaban en parte subsumidos por las instituciones sociales y políticas nacidas al calor de la revolución inacabada y canalizada de 1944-45.

En el marco de la mundialización del capital, estas ilusiones fueron brutalmente "barridas". Hoy "la relación social de los productores al conjunto del proceso de trabajo" se impone una vez más y con renovada fuerza a los trabajadores bajo la forma de una "relación social externa a ellos, una relación entre objetos". La consigna "El mundo no es una mercancía" tiene pues el gran mérito de posicionar al movimiento político de resistencia a la mundialización frente a fuerzas capitalistas que desean erigir en la medida de sus posibilidades a la economía como una esfera autónoma, situada más allá de la sociedad y sustraída del control de los pueblos en nombre de "la primacía y de la superioridad del mercado". El desafío del movimiento nacido en Seattle es entonces el de crear relaciones de nuevo tipo entre los asalariados y los campesinos de diferentes países. Relaciones que reducirían el anonimato y la exterioridad del intercambio comercial o bien que lo suprimirían de forma tal que la división internacional del trabajo y el comercio mundial puedan transformarse en la expresión de relaciones que los productores que pudieran controlar sus condiciones de existencia y de trabajo (lo que comúnmente se designa como "medios de producción"), podrían establecer libremente entre ellos.

En los Grundrisse de Marx encontramos una perspectiva o anticipación audaz para la época que define exactamente hacia dónde tiende el movimiento "antimundialista" y que éste debería poder realizar: hacer del "mercado mundial" no el espacio "donde las relaciones entre los individuos se estrechan", sino el lugar donde estas se establecen por afuera de ellos y tienen un carácter autónomo; donde, luego de "la maduración de las condiciones de superación de este estado de cosas", se crean "la verdadera comunidad y universalidad". La relación de los productores directos con sus medios y sus condiciones de trabajo, al igual que las transformaciones que conoce esta relación, es uno de los conceptos centrales del análisis de Marx, ya sea en los Grundrisse o en El Capital. Es también uno de los conceptos de mayor actualidad cuya "modernidad" aflora ahora en todas las luchas contra la dominación capitalista.

Los productores asociados quienes se apropiarían, o a quienes les serían otorgados, los medios políticos y jurídicos para poder controlar sus condiciones de trabajo, verían abrirse ante ellos la posibilidad de decidir los objetivos de la producción, la satisfacción de las necesidades sociales según un orden de prioridades determinado democráticamente. De la misma forma, éstos podrían repartir su trabajo entre el tiempo libre y el tiempo consagrado a la producción y determinar las formas de reducir la distancia que separa el trabajo de concepción del trabajo de ejecución. Relaciones de los productores con sus condiciones de trabajo y relaciones de propiedad Al partir de la importancia vital de las relaciones de los productores con sus condiciones de trabajo - trabajo concebido también como productor de tiempo, de temporalidad y de espacio (vivienda y transporte) - nos encontramos naturalmente confrontados a la cuestión de la propiedad de los medios de producción, de comunicación y de intercambio (la moneda).

La cuestión de la propiedad de estos medios no es la execrable cuestión fetiche que los anti- capitalistas más consecuentes se empeñarían en plantear, revelando así su naturaleza de "dinosaurios del pensamiento", de marxistas impenitentes. Basta que nos fijemos como objetivo resolver la cuestión democrática por excelencia: el control por parte de los productores asociados de los medios de trabajo que han sido acumulados gracias a su inteligencia y trabajo para que la cuestión de la propiedad de los medios de producción, de comunicación y de intercambio aparezca de forma insoslayable. Quizás la cuestión de la propiedad de los medios de producción, de comunicación y de intercambio no se plantearía con el grado de acuidad de hoy si no fuera por la concentración, sin precedentes en la historia del capitalismo, de la propiedad de estos medios en las manos de miembros y/o mandatarios de una clase muy restringida que tiene las características de una clase dominante mundializada imperialista enraizada en el capital financiero, tal cual lo había presentido Marx.

Esta concentración tiene como consecuencia la subordinación de todas las decisiones relativas a la utilización de estos medios, a las estrategias de valorización del capital y de organización de su dominación social característica a esta clase; subordinación política y socialmente aún más intolerable en la medida que es el resultado de una "contrarrevolución en frío" que muchos cuadros del movimiento obrero tradicional aceptan con un fatalismo desmoralizador. Es en reacción a este fatalismo que el "movimiento antimundialista" se ha ido forjando. La acentuación cotidiana de un proceso de centralización y concentración de los medios de producción, de comunicación y de intercambio obliga al movimiento "antimundialista" a no poder cerrar los ojos o intentar esquivar la cuestión. Si esta crítica se restringiera solamente al nivel del intercambio comercial y de la acción de la OMC y si el movimiento antimundialista continuara siendo prisionero de los problemas relativos a la mera organización del mercado, la crítica al fetichismo de la mercancía y a la "mercantilización" tendría estrechos límites.

Tanto los niveles alcanzados por la concentración y la centralización financiera, industrial y comercial y el poder monopolista cristalizado en los grupos industriales de gran envergadura como la gran fuerza institucional que la OMC tiene como resultado de las competencias jurisdiccionales únicas que ha recibido en el Tratado de Marrakech, limitan mucho la acción de un "control ciudadano de la OMC" que se situaría únicamente en el nivel de los intercambios del mercado. Estos parámetros afectan la credibilidad de las campañas realizadas en este plano. La OMC debe ser combatida con la mayor fuerza posible. En lo inmediato el proceso de liberalización, de desregulación y de privatización de los servicios públicos que está siendo organizado por la OMC en el marco del Acuerdo General sobre el comercio de servicios (AGCS) debe ser uno de los primeros objetivos del movimiento "antimundialización". En este plano nos vemos confrontados a una gravísima extensión de la esfera de la "mercantilización" vitales - salud y educación en primer lugar - como también a la cultura".

Es preciso combatir el AGCS por todos los medios de movilización y de presión democrática que disponen aún los asalariados y excluidos. Esta lucha también debe darse a través del restablecimiento de los fundamentos políticos y filosóficos de defensa del servicio público y de las formas de propiedad pública que supone. En el caso de la Unión Europea, la campaña contra el AGCS significa el combate político inmediato para que la negociación de estos servicios no estén bajo la disposición del artículo 133 de los Tratados de Maastricht y de Ámsterdam que son instrumentos que brindan una total libertad de acción (en este caso de negociación comercial) a los altos funcionarios políticamente irresponsables de la Comisión Europea. La campaña no puede ser llevada adelante únicamente sobre la cuestión de la soberanía, aislada del resto.

En el corazón del pensamiento neoliberal encontramos la glorificación, llevada hasta sus últimas consecuencias, del "individualismo propietario", el individualismo centrado sobre la propiedad privada. Pensamos que hoy es imposible para los ciudadanos - los asalariados, los desocupados, los jóvenes - combatir la mundialización y oponer otro proyecto societal sin que el "movimiento antimundialización" no vuelva a re-abordar y someter a discusión la cuestión de la propiedad. ¿Las formas de propiedad: ¿cuestión legítima para el capital, tabú para el mundo del trabajo? El ejercicio de un control social, colectivo, "ciudadano" sobre las condiciones de los intercambios comerciales entre los pueblos, así como sobre la organización del trabajo y la satisfacción de las necesidades sociales urgentes, supone que dejemos de considerar la cuestión de las formas de propiedad de los medios de producción, de comunicación y de intercambio como una cuestión tabú; una cuestión que el derrumbe y la crisis de la propiedad estatal, colectivizada de manera burocrática o stalinizada, habrían resuelto de una vez y para siempre, en contra del combate por la emancipación social y en contra del movimiento obrero.

La cuestión no debe ser considerada como tabú. Si el movimiento "antimundialización" no quiere decepcionar a todos aquellos para quienes Seattle fue un hecho importante, sería necesario que sus militantes aborden teórica y políticamente la cuestión de la propiedad. La cuestión de las formas de propiedad es central en la estrategia del capital por apropiarse de los fondos de pensión y de los activos financieros. Uno de los mayores desafíos es el establecimiento de nuevas formas, cada vez más "pesadas", de dominación de las finanzas sobre los asalariados. Desde hace diez años asistimos, en el seno de la propia esfera del capital, a una completa transformación en la definición misma de la propiedad, de los "derechos" que le son inherentes (los de un accionariado que se transformó en todopoderoso) y de las expectativas en términos de rentabilidad y de participación en la propiedad que los accionistas podrían tener "legítimamente". Aquí la contrarrevolución conservadora encuentra sustento en esta institución tan particular del capitalismo que es el mercado secundario de títulos.

Esta institución garantiza a los accionistas, más allá de las graves crisis financieras, la "liquidez" de sus acciones, la posibilidad de deshacerse a voluntad de esta fracción de su propiedad que tomó la forma de partes de tal o cual empresa. En la medida en que la propiedad de los títulos se hizo líquida, para los accionistas el capital físico y sobre todo los asalariados deben tener la misma "liquidez", la misma flexibilidad, con la posibilidad de ser descartados. Se entiende así que estos mercados se hayan transformado en el terreno de batalla entre poderosas coaliciones del capital financiero, la clave de la centralización y de la concentración acelerada de las empresas y, por supuesto, uno de los principales instrumentos de las privatizaciones.

La cuestión de la propiedad debe dejar de ser tabú y el movimiento "anti-mundialización" y el movimiento obrero deben apropiarse de la misma. Es precisamente para lanzar este debate entre nuestras filas que presentamos las siguientes y breves reflexiones. La propiedad social, de la cual la propiedad pública y el sector público son una modalidad, tiene dos fundamentos: el carácter social de la producción y del intercambio y cierta idea del bien común y del interés general que trasciende el individualismo y la estrecha defensa de los intereses particulares que la glorificación de la propiedad privada hizo florecer. En lo relativo al primer aspecto, el carácter social de la producción y el intercambio funda la necesidad de formas de propiedad capaces de expresar de la manera más adecuada posible este carácter social. Estas formas deben dar solución a las cuestiones de la distribución de la riqueza pero también al objeto de la actividad.

La propiedad social es una impostura si no está acompañada de verdaderas formas de gestión y de control colectivo y democrático. Es en este punto que se situó la vulnerabilidad de las empresas e instituciones del sector público en los países europeos, mucho antes que sus dirigentes, que a menudo contaron con el apoyo de sindicatos, se consagraran a una política perversa que consistió en defender el servicio público en sus países al mismo tiempo que emprendían una política externa de mundialización capitalista clásica de sus empresas, a través de la compra y reestructuración de las empresas públicas que se privatizaban en otros países. Una perspectiva de transformación - y no sólo de administración de la economía, aún aquellas que se caracterizaron por importantes nacionalizaciones - implica no reducir el capitalismo a una división entre los que dirigen y los que ejecutan. Dicho de otra manera: la cuestión del socialismo a venir no puede ser abordada sólo desde el punto de vista de la gestión, aún de una gestión autogestionaria, sino que debe ser abordada a partir de la posibilidad del "debilitamiento" de la mercancía, de la ley del valor y del asalariado. Esta constituye la respuesta a la puesta en competencia generalizada de todos los elementos del capital (del capital variable, es decir de los asalariados y de los sin trabajo) que impregna el conjunto de la sociedad.

Este abordaje en término del "debilitamiento" de la mercancía y de la ley del valor es también el horizonte que debe guiar la búsqueda de respuestas para romper con las modalidades de configuración y de uso de las fuerzas productivas por parte del capital. Modalidades que conducen al agotamiento de los recursos energéticos, es decir una de las cuestiones que está en el centro de las preocupaciones de una perspectiva ecologista y socialista. Sólo a través de la vinculación entre la gestión democrática de la apropiación social y el "debilitamiento" de la mercancía, de la ley del valor y del asalariado será posible una verdadera transformación de la economía y no sólo una nueva administración avanzada implementada por un capitalismo renovado. Esta última alternativa es presentada a menudo y con buena fe por los críticos del social-liberalismo como un horizonte realista para un socialismo democrático. El combate contra la desocupación de masas y sus consecuencias Encontrar soluciones a la desocupación de masa y al conjunto de males políticos y sociales que resultan del proceso de desocialización que esta reproduce de forma permanente, es uno de los objetivos centrales de muchas asociaciones y grupos del movimiento "antimundialización".

El origen del desempleo de masas contemporáneo se encuentra en la liberalización, la desregulación y la privatización características de la fase actual de la mundialización del capital, como así también en la creciente concentración de esta propiedad y en la sumisión de la actividad productiva a imperativos cada vez más estrechos de valorización extrema. Allí donde no hay desocupación de masas, encontramos los "pobres en el trabajo" y los innumerables mecanismos de explotación de un trabajo "flexible" y disponible en todo momento, del cual las mujeres son las víctimas más visibles. Pero sobre este asunto también el movimiento "antimundialización" debe consolidar las bases teóricas de la cuestión.

Una de las razones por las cuales las dos leyes sobre las 35 horas fueron implementadas en Francia sin ningún tipo de control por parte de los asalariados sobre sus medios de producción y de trabajo, sin que pueda ser ejercido ningún tipo de control por parte de los mismos a nivel de la gestión de los grupos, privados o públicos y en vías de privatización; fue precisamente porque este control era presentado como un atentado contra las prerrogativas de los dirigentes y de los actuales (y futuros) accionistas. La existencia de un "mercado de trabajo" (que de hecho es segmentado y múltiple); es decir un espacio social organizado donde se realiza la venta (o la tentativa de venta) de fuerza de trabajo (con su contenido de inteligencia, de astucia y de fuerza física) por parte de aquellos para quienes ésta representa la única riqueza disponible, es la "institución social" más importante y decisiva del capitalismo.

En el corto plazo las soluciones al desempleo y a la "exclusión", de la cual el primero es portador, se encuentran en la reapropiación de un verdadero sector de propiedad social. Pero el neoliberalismo no podrá ser combatido de forma efectiva sino se profundiza la crítica social y si el "movimiento antimundialización" no se proyecta verdaderamente en el futuro, vinculado la crítica de las finalidades actuales de la tecnología a la crítica del capitalismo. Decir que uno se fija como objetivo devolver a los productores el control de sus condiciones de trabajo, afirmar el carácter social de la producción en las diversas formas sociales que deben ser impuestas a la propiedad de los medios de producción, combatir por la reconstitución y/o extensión del servicio público; es dar un primer paso hacia un cambio de perspectiva en la forma en que se aborda la cuestión del empleo y la desocupación.

Pero hay que dar un paso más. Hay que poder demostrar que el papel de dominación social y político de la minoría sobre la mayoría que está ligado a la venta y a la no venta de la fuerza de trabajo (es decir al desempleo y al fantasma permanente del mismo), ha aumentado como consecuencia de la polarización de las riquezas; pero que esto también ocurre en un momento en el cual la tecnología permitiría dar un salto colosal en la liberación por parte de los hombres del trabajo.

Es necesario que el "movimiento antimundialización" pueda hacer suya la idea enunciada por Marx cuando dice que "el reino de la libertad comienza solamente allí donde se deja de trabajar en función de una necesidad impuesta desde el exterior; este se sitúa entonces más allá de la esfera de la producción material propiamente dicha". No es ésta una postura que los marxistas deben limitar a sus discusiones internas, sino que deben aportarlas al conjunto del "movimiento antimundialización".

El capital financiero, la propiedad privada y las perspectivas de "desarrollo sostenible" El impasse en el que se encuentra el modo de desarrollo dominado por el capital financiero se manifiesta también en su comportamiento predador de la naturaleza. Las poblaciones se encuentran amenazadas por las agresiones contra sus condiciones de existencia, que han sido denunciados por los movimientos ambientalistas que permitieron tomar conciencia exacta de los peligros que padecen hoy la humanidad y la naturaleza. Este no es por cierto un fenómeno nuevo. Los procesos de producción y las modalidades de consumo impuestas por el capital siempre han despreciado el costo real de las destrucciones del medio ambiente (al igual que los costos sociales de la misma).

El "agotamiento de la naturaleza" ha alcanzado desde hace tres décadas una dimensión que no puede ocultarse. El proceso de producción en sintonía con las relaciones de producción y de propiedad capitalistas (que las burocracias de los países con propiedad estatal adoptaron en toda la línea) implica una combinación específica de maquinismo con las exigencias de rentabilización del capital, y por lo tanto de su rotación, que tienen un enorme impacto sobre las modalidades de la depredación energética. La "cultura del auto" y las prioridad otorgada al transporte de ruta, que reposan en la exacerbación del "individualismo propietario" y en la búsqueda de la máxima flexibilidad, actuaron en el mismo sentido cada vez con mayor ímpetu. Luego de haber intentado durante mucho tiempo negar la amplitud de los destrozos, los grupos multinacionales han adoptado una nueva actitud. Sus lobbystas y juristas han invadido las instancias de negociación internacional para obtener una drástica reducción de las normas anti polución. De esta forma el "agotamiento de la naturaleza" se ha transformado en una esfera de inversión rentable para el capital.

La creación de mercados de "derechos de polución" es un nuevo aspecto del programa del capital financiero. Esto va a permitir a los países desarrollados, que son los principales responsables de la emisión de CO2, continuar poluyendo. El capital extiende las normas de evaluación financiera a la naturaleza y pronto lo hará a la educación (la generalización de la expresión "capital humano" sirve desde hace tiempo para preparar los espíritus a la privatización de sectores educativos que aún funcionan como un servicio público). ¿A quién puede escapar el hecho que el día de mañana estos mercados de "derechos de polución" serán integrados a los mercados financieros globalizados y que la naturaleza se transformará en un producto derivado que figurará en los portafolios de los inversores institucionales? Lo mismo sucede con el agua. Como lo había explicado Rosa Luxemburgo, "la acumulación, la existencia y el desarrollo del capitalismo... (son) imposibles sin una expansión constante en el ámbito de la producción y de los nuevos países". De esta forma mostraba que la producción de armas se había transformado en una esfera de acumulación para el capital, al mismo tiempo que un medio político para los países de la metrópoli de imponer su modo de producción en todo el planeta.

Ha transcurrido un siglo desde que estos análisis fueran formulados; un siglo que vio a las grandes potencias enfrentarse en dos grandes conflictos mundiales por la conquista y la supremacía militar y económica. Hoy el modo de desarrollo dominado por el capital financiero, incapaz de satisfacer las necesidades básicas de la mayor parte de la población del planeta, busca un nuevo impulso a través de la apropiación privada de actividades que escapaban a la mercantilización (educación, naturaleza). Sin que el militarismo haya disminuido, como atestigua el nuevo ciclo de aumento de los gastos militares iniciado en 1999 en Estados Unidos (36% de los gastos militares mundiales) y en los países que conforman la OTAN (66% de los gastos militares mundiales), el "brazo armado" que necesita el "nuevo desorden mundial". No menguar en el combate contra las leyes que refuerzan el poder financiero Muchos de los que se han sumado al "movimiento antimundialización" lo han hecho en base al combate por la implementación de la tasa Tobin. De esta forma han expresado su oposición al poder ganado por las finanzas, el rechazo a las formas contemporáneas del capital financiero y de sus aspectos rentísticos, parasitarios y predadores. Pero los miembros de ATTAC no son los únicos en el seno del "movimiento antimundialización" que consideran que es el momento de poner límites al control total que el capital financiero ejerce sobre las empresas por intermedio del control de los fondos de pensión, de las compañías de seguro y de los bancos internacionales y, por lo tanto, sobre las condiciones de creación de valor y sobre su modo de distribución.

El gobierno empresario, basado en el objetivo de una creciente rentabilidad y valor para el accionista, domina hoy en la gestión de todos los grupos multinacionales que ejercen un control total sobre la creación de riquezas a escala mundial. La gestión y el control por parte del capital financiero, integralmente sostenido por las políticas neoliberales de los gobiernos conservadores y de los defensores de la "Tercera Vía", amenaza las condiciones de existencia de los asalariados y condena a la miseria a los pueblos de las regiones y países que no son considerados suficientemente rentables para el capital. Los mercados financieros, de donde obtienen una inmensa parte de su poder social los inversores institucionales y los capitalistas financieros, necesitan para funcionar de un aporte regular de nuevos fondos líquidos. Estos son fondos parasitarios que nunca son dirigidos a inversiones verdaderas, sino en títulos de propiedad que compran y venden en función de los movimientos especulativos y de la evolución de la coyuntura. Todo lo que contribuye a alimentar los mercados consolida el poder de la finanza parasitaria y rentística.

El principal aporte de ATTAC al "movimiento antimundialización" entendido como un todo es precisamente la comprensión de este fenómeno. No podemos entonces dejar de señalar y cuestionar la poca voluntad con que algunas de las organizaciones que dicen adscribir al "movimiento antimundialización" combaten contra las leyes del "ahorro salarial" (y en algunos casos saludan los aspectos positivos del mismo). Hoy podemos considerar que el asalariado- accionista representa un elemento constitutivo de la utopía neoliberal, aquella que nos describe un mundo virtual en el cual todos los individuos serían poseedores de un capital humano y de derechos de propiedad que intentarían hacer fructificar. Pero esta utopía, tan vieja como el propio capitalismo, se funda en objetivos y necesidades económicas y políticas reales. En primer lugar se trata de destruir los sistemas de protección colectiva que han sido impuestos al capital y que representan un costo insoportable para este. En todos los países donde existen el ahorro salarial o los fondos de pensión, estos son utilizados para debilitar y destruir los sistemas de protección colectivos, financiados a través de una cotización social, como en Francia, o a través de impuestos. Este cuestionamiento no es más que una etapa en la "gran transformación" que quiere realizar el capital.

El objetivo último es el de desmantelar las solidaridades colectivas que fueron construidas por los asalariados en el curso de la historia oponiendo a aquellos que serán beneficiados con los planes de ahorro a aquellos, los más numerosos, sometidos a la precariedad del empleo y a la generosidad pública (o privada) disfrazada de protección social. Transformados en dependientes en función de la "privatización" de sus jubilaciones a través de los fondos de pensión y de las performances de los mercados financieros, los antiguos asalariados quedan prisioneros del capital, es decir de aquellos que extraen la plusvalía de los trabajadores activos. A esta escisión se agrega otra entre el Norte y el Sur. Los sistemas de jubilación por capitalización dependen también de la apropiación, a través de inversiones financieras y de las operaciones exitosas de especulación, de fracciones del valor creado en los países llamados "emergentes". Así la satisfacción de las exigencias de los fondos de pensión y del capital rentístico aumenta la brecha entre los asalariados de los Estados rentistas y las poblaciones del resto del planeta y acentúa los rasgos "neo imperialistas" de la mundialización. Creemos que aquellos que se vieran tentados en seguir este camino o bien que dejen la vía libre a esta solución no serían consecuentes con la perspectiva "antimundialista".

30 noviembre 2001