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  01 de octubre de 2001

Luego de medio siglo de olvido, estas plantas sagradas enfrentan hoy intentos de biopiratería, capaces de evitar que la región andina - asiento de una de las civilizaciones más avanzadas del mundo en otras épocas, convertida en una de las zonas de América Latina con mayor incidencia de pobreza, migración, producción de drogas y violencia social - llegue a beneficiarse del extraordinario valor económico de estos alimentos."
- Considerado como uno de los alimentos más nutritivos, la quinua se enfrenta hoy a la amenaza de la biopiratería -

LA QUINUA: EL TESORO OLVIDADO DE LOS INCAS

Edith Papp*

Porque no brillaban como el oro y las piedras preciosas de las ricas tierras del Nuevo Mundo, los conquistadores miraban con desdén las semillas coloridas de unas plantas veneradas por los habitantes autóctonos del altiplano andino. "Comida de indios" decían despectivamente, y lo siguen diciendo hasta hoy muchos latinoamericanos de las clases altas, ignorando que se trata de uno de los tesoros más valiosos heredados de las culturas precolombinas.

Calificados como los mejores alimentos de origen vegetal para el consumo humano en un estudio realizado en 1975 por la Academia de Ciencias de Estados Unidos, y seleccionados por la NASA para integrar la dieta de los astronautas en los vuelos espaciales de larga duración por su extraordinario valor nutritivo, la quinua y el amaranto, resurgen hoy como los cultivos más promisorios del siglo XXI.

Vestigios arqueológicos demuestran que estos "supercereales" formaban parte de la alimentación diaria de las culturas de incas, aztecas y mayas con anterioridad a la colonización española, junto con el maíz, los frijoles o las patatas, pero mientras estos últimos se extendieron al mundo entero en los quinientos años siguientes, las "semillas sagradas" cayeron en el olvido.

Vinculados estrechamente al rito y la leyenda, la quinua y el amaranto - junto con otras decenas de variedades de plantas alimenticias cultivadas con esmero por aquellas civilizaciones - fueron relegados a las comunidades rurales, sustituyéndose por otros cultivos consumidos por los conquistadores extranjeros, mientras los agricultores eran forzados a trabajar en las minas buscando oro y plata.

Según los investigadores que comenzaron a estudiarlos de nuevo en las últimas décadas, su valor nutritivo - sólo comparable con la leche materna - los convierte en los alimentos más completos y más balanceados, muy superiores a los comestibles de origen animal, como la carne, la leche, los huevos o el pescado.

Ambas plantas muestran un alto contenido de proteínas, carbohidratos, minerales y vitaminas, que las hacen especialmente útiles para la alimentación de personas que realizan grandes esfuerzos físicos, de atletas, de niños y mujeres embarazadas. La calidad de sus proteínas las hace únicas, al integrar una decena de aminoácidos esenciales que el organismo humano no es capaz de sintetizar de por sí. Entre los mismos se destacan la lisina, que juega un papel importante en el desarrollo del cerebro y en el crecimiento y se asocia a la inteligencia y a la memoria, así como la metionina, de extraordinaria importancia para el metabolismo de la insulina.

Su fácil digestibilidad los convierte en un reconstituyente por excelencia, ideal para la alimentación de enfermos convalecientes o niños con síntomas de desnutrición crónica.

A la vez su bajo contenido de gluten posibilita la elaboración de alimentos dietéticos, y su sabor agradable facilita su combinación con otros alimentos para introducirlo con más facilidad en la cocina de cualquier país del mundo.

La quinua (Chenopodium quinua), llamada "Grano Madre" por los incas, se cultiva en zonas semiáridas, a más de tres mil metros de altura sobre el nivel de mar desde hace más de cinco mil años, según testimonian los granos encontrados junto a las momias enterradas en toda la región andina que se extiende desde la sabana de Bogotá hasta el norte de Chile y Argentina.

A su vez, el amaranto, (conocido como" kiwicha" por los quechuas y "huahutli" o semilla de alegría para los pueblos de México y Centroamérica) - cuyo balance de aminoácidos según la Organización Mundial de la Salud es ideal para la alimentación humana - se utiliza en tortillas, tamales y panes. Obligado participante de las fiestas como uno de los dulces de más tradición de la cocina mexicana, esta planta era considerada como sagrada por los aztecas. Según los historiadores las tribus conquistadas pagaban parte de sus tributos al emperador del antiguo Tenochtitlán en semillas de amaranto, y todos los años, al iniciarse la época de la siembra, el propio monarca, con un azadón hecho de oro macizo, abría simbólicamente el periodo de estas labores.

Luego de medio siglo de olvido, las plantas sagradas enfrentan hoy intentos de biopiratería, capaces de evitar que la región andina - asiento de una de las civilizaciones más avanzadas del mundo en otras épocas, convertida en una de las zonas de América Latina con mayor incidencia de pobreza, migración, producción de drogas y violencia social - llegue a beneficiarse del extraordinario valor económico de estos alimentos.

El redescubrimiento de este tipo de alimentos olvidados podría contribuir a paliar el hambre en las zonas más desfavorecidas del planeta y eliminar la dependencia excesiva de la humanidad de unos pocos cultivos, que amenaza la seguridad alimentaria y debilita nuestros organismos precisamente en una época en que la contaminación ambiental nos hace menos resistentes a las enfermedades.
CENTRO DE COLABORACIONES SOLIDARIAS. ESPAÑA

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